A diferencia de revoluciones industriales previas, donde la eficiencia tecnológica terminó creando más puestos de trabajo, los analistas debaten si la naturaleza de la IA romperá el célebre Efecto Jevons.
En 1865, el economista inglés William Stanley Jevons observó un fenómeno que desafiaba el sentido común: a medida que las máquinas de vapor se hacían más eficientes y consumían menos carbón, el consumo total de carbón no disminuía, sino que aumentaba. Al abaratarse el uso del recurso, su demanda se disparó y se aplicó a industrias antes impensables.
Durante más de un siglo, este principio —conocido como el Efecto Jevons o la paradoja de la eficiencia— se aplicó también al empleo. Cuando la tecnología hacía que un trabajador fuera más eficiente, los costos bajaban, la demanda del servicio aumentaba y, finalmente, las empresas terminaban contratando a más personal.
Sin embargo, a medida que la inteligencia artificial (IA) se integra en el tejido productivo global, diversos economistas y tecnólogos comienzan a plantear una pregunta incómoda: ¿sigue vigente esta ley económica o estamos ante la primera tecnología capaz de romperla?
El paso de la herramienta al sustituto
La base del Efecto Jevons en el mercado laboral descansa sobre la premisa de que la tecnología es un complemento del ser humano. El tractor multiplicó la eficiencia del agricultor, pero seguía haciendo falta un conductor.
Con la IA, la dinámica muestra señales de cambio. La capacidad de procesamiento de los modelos de lenguaje y los sistemas autónomos permite que estos no solo actúen como herramientas de soporte, sino que asuman tareas completas de principio a fin. Cuando un sistema de IA puede redactar un informe financiero, programar un código básico o atender una consulta de soporte técnico de forma autónoma, el recurso “trabajo humano” deja de ser optimizado para ser, en ciertos eslabones, sustituido.
La escala digital: costo marginal cero
En la economía industrial, satisfacer un aumento de la demanda requería construir más fábricas y contratar más personal. El crecimiento físico imponía límites y costos.
En la era del software, la situación es distinta. Si la eficiencia impulsada por la IA abarata un servicio y la demanda de este se duplica, una empresa no necesita duplicar su plantilla. Le basta con adquirir más capacidad de procesamiento en la nube o ejecutar más instancias del modelo de IA. La escalabilidad digital permite absorber incrementos masivos de demanda con una variación mínima en el personal humano, lo que debilita el mecanismo de transmisión de la paradoja de Jevons.
La frontera de la cognición
Históricamente, cuando una tecnología automatizaba el trabajo físico, los trabajadores migraban hacia el trabajo intelectual y de servicios. La fuerza motriz fue reemplazada por la destreza manual, y esta por la capacidad administrativa y creativa.
La particularidad de la IA es que opera directamente sobre las capacidades cognitivas, el análisis de datos y la generación de contenido, áreas que hasta ahora se consideraban el “último refugio” del empleo humano. Si la automatización alcanza la toma de decisiones y el procesamiento de información, el abanico de nuevas áreas donde el ser humano mantenga una ventaja comparativa exclusiva podría ser sustancialmente más estrecho que en el pasado.
Productividad sin empleo: un fenómeno observable
Algunos analistas señalan que el desacoplamiento entre el crecimiento de los ingresos corporativos y la contratación ya es visible en el sector tecnológico. Empresas de software y plataformas digitales son capaces de generar miles de millones de dólares en valoración con equipos de trabajo comparativamente reducidos. La introducción de asistentes de codificación basados en IA permite a equipos pequeños realizar el volumen de trabajo que antes requería departamentos enteros, sugiriendo que el aumento de la productividad no necesariamente se traduce en una expansión proporcional de las planillas.
Un debate abierto
No todos los economistas coinciden en que el Efecto Jevons esté obsoleto. Quienes defienden su vigencia argumentan que la IA abaratará tanto ciertos servicios que surgirán industrias completamente nuevas que hoy no podemos imaginar, creando puestos de trabajo inéditos.
Sin embargo, la velocidad de adopción y la naturaleza intangible de la inteligencia artificial invitan a la cautela. Si esta tecnología es capaz de aprender y adaptarse a la par de las necesidades del mercado, el modelo económico tradicional podría requerir una revisión profunda. La respuesta a si la IA creará más empleo del que destruye dependerá, en última instancia, de si la economía global puede encontrar tareas donde la empatía, el juicio ético y el contacto humano sigan siendo insustituibles.




