A pesar de que los sismólogos dejaron de utilizarla para los grandes sismos hace más de cuarenta años por sus limitaciones físicas, el nombre de Charles Richter sigue imperando en los informativos de todo el mundo.
Cada vez que la Tierra ruge y el suelo tiembla con violencia en algún punto del planeta, la escena se repite de manera casi idéntica en los medios de comunicación. Los presentadores de noticias, con tono de urgencia, anuncian las primeras cifras del desastre: “Un fuerte terremoto de magnitud 7.8 en la escala de Richter ha sacudido la región”.
Sin embargo, detrás de esa afirmación hay un error conceptual latente. Si se consultan los informes oficiales del Servicio Geológico de los Estados Unidos (USGS) o de cualquier instituto sismológico local, la palabra “Richter” no aparece por ningún lado. Para la ciencia, la famosa escala pasó a la reserva hace más de cuatro décadas.
¿Cómo es posible que el método más famoso para medir terremotos sea, en realidad, una herramienta inadecuada para comprender la fuerza de los mayores sismos de la historia?
Un invento local para un problema local
Para entender el problema, es necesario viajar a 1935. En aquel año, el físico y sismólogo estadounidense Charles Richter, en colaboración con el germano-estadounidense Beno Gutenberg, desarrolló un sistema para clasificar los terremotos que ocurrían en el sur de California.
El invento fue una revolución para la época, pero nació con limitaciones geográficas e instrumentales muy específicas. Se diseñó para medir sismos de moderada intensidad utilizando un instrumento muy concreto: el sismógrafo de torsión Wood-Anderson. Además, la fórmula asumía que el epicentro del sismo se encontraba a una distancia estándar de 100 kilómetros del detector en la corteza californiana.
Aquella herramienta, conocida técnicamente como escala de Magnitud Local ($M_L$), funcionaba bien para sismos pequeños y cercanos. Sin embargo, cuando la sismología se globalizó, el método empezó a mostrar sus costuras.
El “techo” de la escala: el fenómeno de la saturación
El principal inconveniente de la escala de Richter es físico: se satura. A partir de una magnitud aproximada de 6.5 o 7.0, la escala pierde la capacidad de medir con precisión el aumento real de la energía liberada.
Para visualizar esto, los geólogos suelen usar la analogía de un termómetro clínico. Si un termómetro solo llega hasta los 40 °C, no importa si un paciente tiene 41 °C o 43 °C de fiebre; el dispositivo siempre marcará 40 °C. Con la escala de Richter ocurre algo similar. Al medir únicamente la amplitud máxima de las ondas sísmicas de alta frecuencia, ignora las ondas de baja frecuencia y de larga duración, que son las que transportan la mayor parte de la energía en los megaterremotos.
Por esta razón, sismos de magnitudes devastadoras, como el de Valdivia (Chile) en 1960 o el de Alaska en 1964, no pueden ser evaluados correctamente con el método de Richter. Bajo sus parámetros originales, ambos habrían arrojado cifras muy inferiores a la realidad, ocultando la verdadera escala del desastre.
El relevo silencioso: la Magnitud de Momento
Conscientes de este límite, en 1979 los sismólogos Thomas C. Hanks y Hiroo Kanamori introdujeron la Escala de Magnitud de Momento ($M_w$). Esta es la escala que se utiliza hoy en día para catalogar cualquier sismo de importancia.
A diferencia de Richter, que mide el “vaivén” de una aguja en un papel, la magnitud de momento calcula la física real de la falla geológica. Para obtenerla, los científicos analizan tres variables:
- El área de la sección de la falla que se ha roto.
- La distancia media que se ha desplazado una placa sobre la otra.
- La rigidez de las rocas afectadas.
Dado que mide la energía total liberada en función de parámetros físicos y geométricos, la escala de magnitud de momento no se satura. Esto permite comparar con precisión científica la fuerza de un temblor moderado con la de un cataclismo global.
¿Por qué se resiste a desaparecer?
Si la escala de Richter ya no es el estándar científico, ¿por qué sigue tan presente en el vocabulario colectivo?
La respuesta se encuentra en la inercia cultural y la simplicidad comunicativa. Durante la mitad del siglo XX, “Richter” se convirtió en un sinónimo universal de terremoto. Para los medios de comunicación y el público general, sustituir un término tan arraigado por tecnicismos como “magnitud de momento” resulta complejo, por lo que a menudo se opta por mantener el nombre antiguo, aunque la cifra que se informe corresponda, en realidad, a los cálculos modernos de la escala $M_w$.
La ciencia avanza refinando sus mediciones para entender mejor los fenómenos más destructivos de la naturaleza. Aunque el legado de Charles Richter sigue siendo fundamental para la historia de la sismología, comprender que la Tierra se rige por leyes físicas que superaron sus fórmulas originales es un paso clave para dimensionar, con rigor, la verdadera fuerza de nuestro planeta.




