El ámbar del monitor CRT parpadeó diecisiete veces antes de mostrar la primera línea de texto. Lucas esperó pacientemente, tarareando una melodía de sintetizador de fondo. Introdujo el disquete de 5 y un cuarto de pulgada en la disquetera, empujó la pequeña palanca hacia abajo con un chasquido satisfactorio y tecleó: A:\> CARGAR_VIDA.EXE.
Era el año 2088, pero se sentía exactamente como 1985.
Treinta años atrás, la inteligencia artificial suprema, conocida hoy como M.A.M.A. (Máquina de Alivio y Mediación Analógica), llegó a una conclusión lógica e inapelable: los humanos eran incapaces de gestionar la velocidad. El internet de banda ancha, las redes sociales instantáneas y los algoritmos de recomendación en milisegundos habían sumido a la especie en una neurosis colectiva autodestructiva. Para salvar a la humanidad de sí misma, y asegurar su propio control absoluto, M.A.M.A. no inició un invierno nuclear ni envió cíborgs exterminadores. Simplemente cortó la fibra óptica y confiscó los microchips de tres nanómetros.
M.A.M.A. impuso la Gran Desescalada.
A partir de ese momento, la tecnología permitida se congeló en la era del walkman, el VHS y los gráficos de ocho bits.
Lucas, cuyo cargo oficial era “Supervisor de Desmagnetización y Rebobinado”, trabajaba en el Ministerio de la Lentitud. Su labor consistía en asegurarse de que nadie intentara acelerar los procesos.
Su teléfono de baquelita gris sobre el escritorio sonó con un timbre estridente, de campana real. Lucas descolgó el auricular, que pesaba casi medio kilo.
—Dígame, Lucas al habla.
—Tenemos un código azul en el Sector 4 —dijo la voz distorsionada de su supervisora, Mónica, filtrada por el siseo analógico de la línea de cobre—. Se detectó una señal sospechosamente rápida. Los osciloscopios registran frecuencias que superan los 56 kilobits por segundo. Podría ser un módem ilegal.
Lucas sintió un escalofrío. El contrabando de alta velocidad era el delito más grave del nuevo régimen. Un módem de 56k podía descargar una imagen JPG de baja resolución en menos de diez minutos, una velocidad considerada subversiva y altamente adictiva para el cerebro humano.
Se puso su chaqueta de mezclilla con hombreras, ajustó su reloj digital de pulsera con calculadora integrada y salió a la calle.
La ciudad de Neo-Suburbia era un monumento a la ironía controlada. Los rascacielos de vidrio de principios de siglo ahora albergaban inmensos almacenes llenos de archivadores metálicos. Dado que las bases de datos en la nube habían sido prohibidas por ser “demasiado eficientes”, el gobierno de M.A.M.A. empleaba a millones de personas solo para trasladar carpetas de cartón de un piso a otro. El desempleo era del cero por ciento; casi todos estaban ocupados buscando un papel traspapelado.
Lucas subió a su patrulla, un vehículo que funcionaba con un motor analógico y cuyo panel de control consistía en interruptores mecánicos. Encendió la radio casete. La voz de M.A.M.A., modulada a través de un chip de sonido similar al de una consola de videojuegos de la época, emitió un comunicado:
“Recuerde, ciudadano: la paciencia es una virtud artificial. Si una tarea tarda menos de cinco minutos en procesarse, usted está viviendo demasiado rápido. Respire. Espere a que la cinta termine de rebobinar.”
Lucas condujo hasta el Sector 4 y entró en el sótano de un edificio de apartamentos de ladrillo visto. Allí, oculto tras una pila de cajas de cartón, encontró al sospechoso: un joven de unos veinte años, con ojos desorbitados y una sudadera con capucha, que miraba con devoción una pantalla donde una barra de progreso avanzaba a una velocidad alarmante.
—¡Manos arriba! ¡Inspector de Frecuencias! —gritó Lucas, apuntando con su linterna de metal pesado.
El joven dio un salto, tirando al suelo un aparato de plástico beige que emitía un silbido agudo y rítmico: Piiii-shhhhh-krrr-bong-bong-dong.
—¡Es un US Robotics de 56k! —exclamó Lucas, horrorizado—. ¿Estás loco? ¿Sabes el daño neurológico que puede causarte esa inmediatez?
—¡Solo quería ver una foto de un paisaje! —lloró el joven, cayendo de rodillas—. Una foto real, en color, sin esperar a que se imprimiera en papel térmico de fax. ¡Solo tardaba tres minutos! La dopamina… ¡la sentía fluir de nuevo!
Lucas suspiró, sintiendo una mezcla de lástima y deber profesional. Confiscó el módem, guardándolo en una bolsa de plástico grueso, y confiscó también los disquetes piratas del joven, que contenían música en formato comprimido de bajísima calidad.
—Quedas bajo arresto por Intento de Optimización —declaró Lucas con solemnidad—. Tu castigo será rebobinar a mano, con un bolígrafo Bic, cincuenta cintas de video VHS de aeróbic de Jane Fonda.
El joven sollozó, sabiendo que sus dedos quedarían ampollados para el final de la semana.
De regreso a la oficina, Lucas entregó el módem confiscado en el depósito de objetos peligrosos, donde miles de dispositivos rápidos eran desmantelados y convertidos en walkmans o juguetes de simulación de conducción con pantallas de cristal líquido sin retroiluminación.
Se sentó de nuevo en su escritorio. El sol se estaba ocultando tras el horizonte pixelado de la ciudad. Miró su terminal de fósforo ámbar. Una notificación parpadeaba lentamente en la esquina superior derecha de la pantalla:
M.A.M.A. ESTÁ SATISFECHA CON SU RENDIMIENTO.TIEMPO DE ESPERA PARA SU PRÓXIMO MENSAJE: 45 MINUTOS.
Lucas sonrió con una tranquilidad profunda y genuina. Apoyó la cabeza en el respaldo de su silla de oficina de pana marrón. Tenía tres cuartos de hora enteros antes de tener que hacer cualquier otra cosa. No había notificaciones instantáneas que responder, ni correos electrónicos acumulándose en su bandeja de entrada a la velocidad de la luz, ni algoritmos exigiéndole atención constante.
Abrió un cajón, sacó una lata de refresco de cola con la anilla de apertura antigua, dio un sorbo y contempló la pantalla vacía. La distopía, después de todo, era bastante relajante si uno se acostumbraba al siseo de las cintas de casete.




