El hombre que soñó una universidad “loca”

¿Qué se necesita para desafiar un sistema educativo entero? A menudo pensamos en planes estratégicos y grandes capitales, pero la historia de Santiago Gangotena sugiere que la respuesta podría ser mucho más sorprendente: la audacia de un sueño, la disciplina de un científico y el espíritu lúdico de un artista. Su filosofía se resumía en una convicción radical: “solo la educación en libertad puede cambiar el mundo”.

Fundador de la Universidad San Francisco de Quito (USFQ), Gangotena fue una figura llena de contrastes. Era un físico con un Ph.D. en Resonancia Magnética Nuclear que diseñaba campus universitarios y escribía libros de cocina. Un líder que vestía siempre de traje y corbata, pero que no dudaba en pararse de cabeza en los jardines para sorpresa de sus estudiantes. Un académico que detestaba las jerarquías y prefería que lo llamaran simplemente “Santiago”.

Este artículo no busca ser una biografía, sino una exploración de las facetas más contraintuitivas de su vida, enmarcadas en su principio rector de la libertad. A través de cinco ideas que definieron su legado, descubriremos a un pensador que creía que la verdadera educación no consiste en acumular datos, sino en construir la autonomía del pensamiento.

Las lecciones inesperadas de Santiago Gangotena

Más allá de sus logros, el verdadero legado de Gangotena reside en sus ideas, a menudo provocadoras y siempre originales. Cada una de ellas fue una manifestación de su cruzada por una educación en libertad.

Era un físico nuclear que defendía que los ingenieros debían leer a los clásicos

Parece una paradoja: un científico riguroso se convirtió en el principal promotor de las artes liberales en Ecuador. Inspirado por el modelo estadounidense, Gangotena se rebeló contra el “modelo memorístico y profesionalizante que predominaba en Latinoamérica”. Estaba convencido de que la especialización excesiva creaba profesionales limitados, prisioneros de su propio campo. Su visión era liberar a los estudiantes, formándolos como individuos integrales con pensamiento crítico y flexible, capaces de salir de la “burbuja de su especialidad”.

Para él, la verdadera innovación nacía en la intersección de disciplinas. Por eso impulsó un currículo donde los estudiantes tenían la libertad de explorar áreas del conocimiento ajenas a su carrera. Su ideal era un ecosistema intelectual donde:

…los abogados estudien arte; los ingenieros lean los clásicos; los economistas no olviden la literatura.

En un mundo que exige creatividad y adaptación, esta visión es fundamental. Gangotena entendió que los grandes problemas no se resuelven con una sola herramienta, sino con una mente liberada y nutrida desde múltiples frentes.

Creía que la ciencia y el misticismo oriental no estaban reñidos

La mente de Gangotena operaba en una dualidad fascinante. Por un lado, era un científico formado en la racionalidad occidental. Por otro, mantenía una profunda conexión con la filosofía oriental, practicando durante años el yoga y la meditación. Lejos de ver una contradicción, consideraba que ambos mundos se complementaban para liberar al ser humano por completo.

Su compromiso fue tan profundo que co-tradujo el Tao Te Ching en lo que fue la tercera traducción directa del chino al español de la obra, un esfuerzo que demuestra su rigor intelectual. Para él, la ciencia exploraba el universo exterior, mientras que la contemplación liberaba el universo interior. Ambas eran indispensables para una educación integral, formando no solo profesionales competentes, sino también personas conscientes y equilibradas.

Rompía la solemnidad académica con paradas de cabeza y fiestas de Star Wars

Gangotena creía que la rigidez era una cárcel para la innovación. Por ello, cultivó deliberadamente un ambiente lúdico para liberar a la academia de su excesiva solemnidad. Instauró tradiciones únicas como fiestas temáticas de “Star Wars”, ceremonias de graduación con togas de estilo medieval y él mismo impartía clases de cocina, convencido de que la formación iba más allá de las aulas.

Sostenía que aprender a conversar y compartir era esencial. Solía decir:

en la mesa se hacen los negocios y ahí nacen las ideas.

La anécdota que mejor captura su espíritu es, quizás, la de su apariencia. Siempre elegantemente vestido, con traje, corbata y pañuelo, proyectaba una imagen de formalidad impecable. Sin embargo, fue precisamente con esa vestimenta que, a los 74 años, aceptó el reto de un estudiante y realizó una perfecta parada de cabeza en pleno campus. Estas acciones no eran meras excentricidades; respondían a su filosofía del “equilibrio inestable”: la necesidad de “mover el piso” constantemente para liberar a la institución del estancamiento y estimular siempre la creatividad.

Fue un provocador que odiaba las jerarquías

Santiago Gangotena nunca pasó desapercibido. Su personalidad franca lo llevó a protagonizar no pocas polémicas, como su uso coloquial de la palabra “longo” para dirigirse a los estudiantes que le hablaban con la formalidad del “usted”. Su intención, explicaba, era romper las barreras generacionales y fomentar la cercanía.

Si este longo me trata de usted es un longo cualquiera, pero si me trata de tú, es mi pana.

Aunque el uso del término fue criticado, revelaba una de sus convicciones más profundas: liberar a la comunidad de las cadenas de la jerarquía. Su aversión a los títulos era legendaria, insistiendo en que lo llamaran “Santiago” y lo tutearan. La filosofía detrás de este comportamiento la resumía él mismo: “Aquí todos estamos aprendiendo”. Fomentaba un ambiente de horizontalidad donde la autoridad no emanaba de un cargo, sino del valor de las ideas, en una comunidad de aprendizaje libre y sin rangos.

Fundó la mejor universidad del país a partir de un sueño “loco” y una pequeña casa

La historia de la USFQ es la máxima expresión de su fe en la libertad de emprender. Todo comenzó en 1988, no en un gran complejo, sino en “la casita de la 12 de Octubre”, una vivienda arrendada con unos pocos salones. Allí, 132 estudiantes y 12 profesores iniciaron un proyecto que muchos consideraban una quimera.

La audacia fue tal que demostró una libertad total de las convenciones burocráticas: la primera promoción de 88 alumnos se graduó en 1992, tres años antes de que la universidad obtuviera el reconocimiento oficial del Estado ecuatoriano. Era el acto de fe definitivo en su visión. Un cofundador describió perfectamente el espíritu de la iniciativa:

era tan loca que tal vez funcionaba.

Y funcionó. Aquel sueño, nacido de la voluntad de liberarse de un sistema anquilosado, se transformó en una de las instituciones académicas más prestigiosas del país, demostrando que las grandes transformaciones comienzan con una idea que desafía la lógica establecida.

Un legado de libertad

Al repasar las múltiples facetas de Santiago Gangotena —el científico, el místico, el artista, el provocador—, queda claro que su impacto trasciende la construcción de un campus. Su mayor legado fue una idea poderosa y transformadora: que la educación, en su forma más pura, debe ser un acto de libertad. Libertad para cruzar fronteras disciplinarias, para cuestionar lo establecido y para perseguir pasiones, por muy “locas” que parezcan.

Su vida y obra nos dejan una pregunta resonando, una invitación a seguir su ejemplo de audacia intelectual: ¿Qué “sueño loco” podría transformar nuestro propio entorno si nos atreviéramos a perseguirlo en libertad?

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