Nuestra imaginación colectiva tiene una imagen muy clara de lo que es un fantasma. Solemos pensar en damas victorianas que deambulan por pasillos, en monjes encapuchados que atraviesan los muros de un monasterio o en soldados romanos que aún marchan por antiguas calzadas. Son figuras trágicas, con cuentas pendientes, ancladas a un lugar por un amor perdido o una muerte violenta. Pero si nos detenemos a pensar un segundo en los miles de reportes de avistamientos a lo largo de la historia, surgen preguntas que desmoronan esta imagen tan pulcra y selectiva. Preguntas que sugieren que, o bien los fantasmas tienen fecha de caducidad, o el más allá es el club más exclusivo del universo.

Empecemos por el tiempo. ¿Por qué nuestros fantasmas son, en su mayoría, relativamente modernos? Escuchamos historias de apariciones de la Edad Media, del Imperio Romano o, como mucho, del antiguo Egipto. Pero, ¿dónde están los fantasmas de la prehistoria? ¿Acaso no murieron millones de neandertales y cromañones en circunstancias brutales, cazando mamuts, luchando por el territorio o simplemente sucumbiendo al frío? ¿Por qué ninguna cueva en Atapuerca o Lascaux tiene reportes consistentes del espíritu de un cazador-recolector tratando de encender un fuego espectral? ¿Se disipa la “energía espiritual” con los milenios? ¿Tienen los fantasmas una vida útil, una fecha de caducidad cósmica tras la cual simplemente se desvanecen?

Si superamos el filtro del tiempo, nos encontramos con un problema aún más desconcertante: el casting de las apariciones. Si un fantasma es la huella de un alma, la esencia de una persona que se queda atrás, ¿por qué parece haber un criterio de selección tan específico? Por ejemplo, y esta es una pregunta que busca exponer un sesgo profundo, ¿por qué nadie ha reportado jamás el avistamiento del fantasma de una persona con síndrome de Down? ¿Acaso las personas con esta condición no mueren, no tienen alma o su tránsito es siempre pacífico e inmediato? ¿Qué pasa con otras condiciones genéticas? ¿Hay fantasmas con síndrome de Laron, que se caracteriza por una baja estatura? ¿Existen apariciones de personas con progeria, que envejecen prematuramente?

La selectividad no parece ser solo genética, sino también física. ¿Por qué los fantasmas casi nunca se manifiestan con discapacidades? ¿Dónde están los espectros en sillas de ruedas? ¿O el fantasma de un veterano de la Primera Guerra Mundial que cojea con una pierna de palo fantasmal? ¿El alma, al separarse del cuerpo, se “corrige” a una versión idealizada y normotiva? ¿O es que nuestras historias de fantasmas solo admiten protagonistas que encajen en un molde estético muy concreto?

Y luego está el estatus social y la geografía del más allá. Los fantasmas parecen tener una marcada preferencia por castillos europeos, mansiones coloniales y campos de batalla famosos. Pero, ¿qué hay de los lugares y las personas sin importancia histórica? ¿Por qué nadie reporta ver al fantasma de un agricultor peruano anónimo del siglo XIV que murió de agotamiento en los Andes? ¿O el espectro de una costurera de Bangladesh que falleció en un derrumbe de una fábrica en 2013? ¿Acaso para convertirte en fantasma necesitas un escenario con cierto caché o una muerte lo suficientemente dramática como para aparecer en los titulares? ¿Es el mundo paranormal una meritocracia de la tragedia, donde solo las muertes más “interesantes” califican para una existencia post-mortem?

Incluso la lógica más básica de su apariencia se tambalea. Si un fantasma es un ser inmaterial, ¿por qué lleva ropa? ¿La ropa también tiene alma? Si vemos a un pirata fantasma, ¿su garfio y su parche en el ojo también son ectoplasma? ¿Puede un espadachín espectral atravesarte con una espada fantasma? Si no puede, ¿por qué la lleva? Y si puede, ¿por qué no hay más gente herida por armas espectrales? Siguiendo esta línea, ¿empezaremos a ver en unas décadas fantasmas de millennials revisando sus iPhones espectrales o quejándose de la cobertura de wifi fantasmal?

Estas preguntas no buscan negar la experiencia de quienes afirman haber visto algo. Al contrario, buscan profundizar en ella. ¿Son los fantasmas un fenómeno real y objetivo, o son un reflejo de nuestras propias mentes, un constructo cultural modelado por nuestras historias, nuestros miedos y, sobre todo, nuestros prejuicios?

Quizás los fantasmas no caducan. Quizás, simplemente, nuestra capacidad para imaginarlos es limitada. Tal vez solo damos “vida” después de la muerte a aquellos que encajan en la narrativa que ya hemos escrito. Y así, el misterio más grande no es si hay vida después de la muerte, sino por qué, si la hubiera, parece ser tan terriblemente selectiva, predecible y, en definitiva, tan humana.

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